Camino Real
Cuatro Torres que Nunca Guardaron Silencio
A la distancia siento cómo mi cuarto está vacío,
el mismo donde dormí por más de 20 años.
Hoy en día la memoria está alterada,
pero con claridad puedo recordar las paredes azules,
los estantes no terminados y el guardarropas blanco.
La reja de la casa se pintó mínimo unas cinco veces,
las paredes de ella también.
El piso se cambió,
así como la barra de la cocina y la cerámica de la misma.
Caminar hasta la torre D siempre fue el paseo más largo y corto de mis días allá,
subir los dos pisos, corriendo o con desgana
para abrir la puerta que conduce por el pasillo infinito que da vista a la gran ventana.
En la cancha de fútbol marqué los mismos goles que pelé
me tiré más de 500 veces desde la regadera a la piscina
y recorrí el sótano a oscuras más de 1000.
Todo esto abarca Camino Real,
así como también las historias de muchos que ya ni recuerdo.
Camino Real fue el epicentro de mi vida por años,
fue la casa de los pecados
de los cigarrillos
del vómito en la ventana
de las primeras veces
y de los licores baratos.
Fue el refugio para muchos,
también el escondite.
Mi habitación fue testigo de cientos de películas románticas,
presenció la música más triste y alegre del mundo,
fue la base de pijamadas con charlas infinitas
y el cauce de litros incalculables de lágrimas.
Me vio leer a mis autores favoritos
y escribir mis primeros poemas.
Ahora a la distancia, siento cómo toda una residencia está vacía.
Este pequeño poema es sólo un recordatorio
ya que palabras siempre faltarán.
Las cuatro torres blancas ya no son tan blancas,
mi cuarto ya no tiene las paredes azules
y no hay visita alguna por los alrededores,
mucho menos historias
mucho menos algún vicio.
Sin embargo, los testigos de las mil y una noche vividas en Camino Real,
mantendrán vivo el recuerdo
porque esas cuatro torres nunca guardaron silencio.
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