Messi I

 Agridulce 31 de agosto.

Habría que empezar por destacar la diferencia entre este día y aquel fatídico 5 de agosto de 2021. Esta despedida no trae consigo la obligación de marcharse, sino todo lo contrario: esta despedida trae consigo la paz de haberlo logrado todo.

Recuerdo aquel 2006: tenía once años, casi doce ya. Para ese Mundial, en Venezuela sacaron unos sombreros con forma de pelota y con los colores de las banderas de los países que participaban. Mi padre nos compró el de Argentina.

Venía viendo bastante fútbol: había visto el Arsenal de Henry, el milagro de Estambul y la segunda Champions del Barcelona, en la cual ya habías sido muy importante.

Claramente, veía tanto los juegos de la Vinotinto como los del Táchira. Tuve la suerte de vivir una grandiosa Libertadores en 2004 y también pude ver a Boca Juniors ganarles al Madrid y al Milan.

De Argentina, siempre miraba con atención a Riquelme. Así fue hasta aquel 16 de junio de 2006, cuando, en el minuto 74, cambió todo. Cambió la historia del fútbol, la de Argentina, la de todos.

En 2007 fuiste a mi país; estuviste por Maracaibo, Barquisimeto y Ciudad Guayana. Se veían imbatibles. Parecía que la sintonía entre vos y Riquelme era absoluta; hiciste lo que quisiste, hasta hiciste que el “Coco” mandara a cerrar el estadio. Aun así, no bastó para ganarla… Fue la segunda vez que quedaba destrozado por una derrota de Argentina; la primera fue contra Alemania en 2006.

Sin ser consciente de lo que pasaba, te fui siguiendo en cada partido y, por ahora, no diré nada de tu paso por el Barcelona.

En 2010 Alemania nos lastimó nuevamente. Tener a Maradona en el banquillo no bastó. Puede que faltara algo más que pasión, porque de eso sobró. Puede que Dios aún no quisiera.

En 2014 tenía 20 años. Recuerdo que estaba tomando mi año sabático; aun así, trabajaba. Estaba en un pueblo cerca de mi ciudad, donde mi padre tiene el negocio que nos ha dado todo en esta vida. Lo ayudaba. Vi varios juegos desde allí. Era desesperante porque quería verlo con amigos, con mi hermano menor, con gente que está enferma igual que yo por Argentina y por vos.

Para esa final contra Alemania pude volver a mi ciudad. Estuve con uno de mis mejores amigos, mi hermano y unas amigas. Todos estábamos en casa, a la espera de ver a una Argentina campeona después de tanto tiempo.

Recuerdo que estaba de novio con una chica bastante linda y de carácter fuerte que, sin embargo, estaba preocupada por mí ese día porque, apenas empezó el juego, me descompuse por los nervios: estaba eléctrico; no podía tocar a nadie porque daba chispazos. Mi madre, que se encontraba con nosotros en el apartamento, me puso guantes y me advirtió: tenía que calmarme.

¿Pero cómo iba a calmarme si desde 1990 Argentina no llegaba a una final del Mundial? ¿Cómo me calmaba si MESSI estaba jugando su primera final de un Mundial?

Aquel día comprendí mi amor por la Argentina; comprendí mi querer por tu fútbol. Más allá de que ya era un fanático de muchas cosas del país, entendí el amor genuino que habita dentro de mí.

Por desgracia, Götze hizo un pacto con Dios y dejó todo su fútbol en un tiro al arco. No importó lo que el árbitro no pitó; no importó nada. Aquel día fue uno de los más tristes de mi vida; mi llanto no encontraba pausa, estaba roto.

Allí empezó la ruta de Odiseo, tal vez.

Vino un sufrimiento que parecía ser eterno. 2015 y 2016: dos finales que abarcan una historia que parece una burla. Una burla al fútbol y a nosotros. La ilusión volvió a estar presente, pero la amarga derrota volvió a aparecer como si fuera un fantasma. Con ella llegaron tus lágrimas; con ella, tus dudas. Así se llegó a esa triste despedida que, gracias al cielo, fue momentánea.

La prensa se volvía cada día más hostil. Muchos tampoco aguantaron; mucho menos pudieron resistir aquel fatídico Mundial de 2018.

Recuerdo que, después de ese partido contra Francia, terminé arruinado, molesto. Esta vez me pude contener porque mi alrededor no era el mismo de 2014; esta vez me encontraba lejos de cualquier persona que pudiera entender el sentimiento que transcurría en mi sangre en ese momento.

Tuve que respirar hondo y esperar que el tiempo pusiera todo en su lugar.

La Copa América de 2019 trajo un aviso, por más triste que fuera, para que así, en aquel 2021, llorara por primera vez de felicidad…

Fueron treinta minutos llorando frente al televisor, como si no existiera consuelo alguno. No podía entender la felicidad que sentía en ese momento.

Después del pitido final contra Brasil, en el Maracaná, estabas allí, de rodillas, sintiendo el alivio de ser campeón por primera vez con Argentina, sintiendo la alegría del mundo entero por vos y por lo que diste.

Ese fue el comienzo.

Puede que al fin Dios haya querido premiarte por tu insistencia y, en el momento en que todos pensábamos que ya habías saldado tu deuda (como si debieras alguna), llegó el 2022, con un Messi de 34 años, sereno, con un equipo fresco y lleno de sueños.

Para mi desgracia, no vi ese Mundial, pero, por más confundido que estuviera durante aquellos días, aquel 18 de diciembre de 2022, después de ser Montiel, sin ver aquel disparo, cuando leí y confirmé: «Argentina, campeón del mundo», me desarmé. Mirando al techo de la habitación, lloré porque entendí que había vivido la mejor época de este deporte; lloré porque no me equivoqué al seguirte; lloré porque cualquier ciclo que estuviera pendiente se cerró ese día.

Después de aquello, todo lo que vino fue un extra, simplemente porque quisiste ser generoso, porque así lo quiso la pelota, ya que sabía que había sido muy dolorosa con vos.

2024: otro campeonato.
2026: otra final.

Quien escribió el guion de tu vida futbolística fue un genio macabro. Quien te hizo ser como sos fue Dios, no cabe duda.

Nosotros, los amantes del fútbol de esta generación que te vivió, no podemos estar más agradecidos con la época futbolística que nos tocó.

Nosotros, los fans de Messi, no podemos ser más felices por haber elegido al mejor de la historia.

Qué agridulce 31 de agosto, una fecha que no se olvidará.

Dejas la camiseta de humano y te pones la de mito, la de leyenda.

Aunque esto es un adiós, sé que no es más que la entrada a la eternidad.

Gracias, Leo, por llenarnos de tanta felicidad vistiendo la albiceleste.




Gabo.

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