Escribir a mano

 Me he dado cuenta de que han pasado ya varias semanas desde la última vez que escribí a mano. Desde hace muchos años me he encargado de tener cerca, en casi cualquier momento, lapicero y papel.

En el auto tengo lapiceros y pequeños cuadernos de notas, al igual que en la oficina y en mi casa. Desde que empecé a escribir, lo he hecho a mano y luego lo digitalizo, dejando para algunas ocasiones la posibilidad de escribir directamente en la computadora.

Pero esto ha cambiado con los años. Para ciertos temas me permito escribir directamente en la PC; ahora uso hasta las notas del celular. Pese a que esto se ha hecho más frecuente, me he mantenido escribiendo ciertas cosas a mano, sobre todo poemas.

Lo último que escribí a mano, que fue algo completo y no un balbuceo o un intento de relato, fue un poema bastante romántico titulado Lugares comunes. Lo publiqué aquí, pero ahora permanece archivado porque, con el tiempo, me acechó la vergüenza.

Y es que a veces soy un tipo que se traiciona mucho, ya que hablo conmigo mismo muy seguido. Entre esas charlas me ruboricé y decidí que era mejor archivarlo, por más que le estaba yendo bien.

Dejo claro también que no me arrepiento del poema, sino que es más un asunto de pena. ¿Dirán de qué? Del sentimiento que se plasmó allí. Y no es como si la persona a quien le fue escrito el poema no lo hubiera leído ya, pero tal vez a estas alturas ya no lo recuerda.

Pero solo para darles un pequeño contexto, decía algo así:

«Caigo en los lugares comunes,
siempre cuando escribo para ti».

Lo tengo escrito en un binder que tengo con muchas hojas blancas. Allí tengo varias cosas escritas y, por ahora, lo último que terminé fue este poema que les mencioné.

No veo esta situación como un problema, sino más bien como algo que tengo que observar. ¿Qué ha cambiado? ¿O qué me gusta escribir a mano? Porque creería que siempre me ha gustado escribir a mano, porque siento que en la tinta están mis pensamientos o todas mis emociones. Es como si mis manos en verdad estuvieran creando algo.

Cuando escribo a mano, caigo en un estado de concentración pura, uno en donde solo escucho mi voz dictando lo que estoy sintiendo, y yo, con mi mano, trato de ponerlo en papel. Es un acto lleno de adrenalina, un acto que, si se llega a alargar, solo me dejará como resultado la muñeca dolorida, y mi mano quedará cansada y roja.

Tal vez por esto mismo he estado escribiendo más en digital. Se hace más fácil usar ambas manos y solo teclear; no corro el riesgo de tumbar alguna bebida sobre el papel y mi espalda tampoco tiene que inclinarse tanto.

¿Pero y la pasión? No es la misma, pero tampoco es menos.

Tal vez no debería darle tantas vueltas y solamente debería agarrar el lapicero e intentar escribir algo que me satisfaga. Tal vez deba escribir otro poema, otro que me avergüence, pero que ponga mis dedos a bailar y que use mi tinta y mi hoja.




Gabriel Maldonado
Sebastian Clark


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