Reencuentros

 Me siento a tomar un café con leche y empiezo a buscar algo para ver en el celular. Soy otro más que sufre esa enfermedad de comer o tomar algo mientras mira una pantalla. Tal vez hace unos diez años las cosas eran diferentes, no éramos tan esclavos de la tecnología.

Para no desviarme del tema, me crucé con un video de alguien que regresaba a casa después de ocho años. Se reencontraba con varios de sus familiares.

Hacía ya bastante tiempo que un video así no me conmovía, y es que siento que con el paso de los años me he vuelto más duro… ¿o será que me protejo muy bien?

El video se inundó de lágrimas cuando se dieron cuenta de quién era ese chico que había regresado, ya que todo era una sorpresa. Tías, primos, abrazándolo… y es que ocho años es un tiempo largo. En un momento del video se escucha: “Coño, si estás grande, chamo”. Y creo que eso fue lo que terminó de romperme. También me pregunté: ¿tío César me diría lo mismo?

Tomo el café mientras escribo esto, sosteniendo miles de emociones encontradas. Ahora hay un desborde mental en mi cabeza, demasiados pensamientos al mismo tiempo.

Primero: es muy difícil lograr un video así, porque mis familiares hoy caminan en latitudes distintas.
Segundo: ¿cuántos sentimientos pueden cargarse en diez años? En todo este tiempo he dejado de ver a mucha gente querida, empezando por mi mamá.

Pero imagino momentos. Imagino que visito de sorpresa a mis tíos, a mis primos, a mi madre, o incluso a mi padre, a quien gracias al cielo he podido ver un par de veces acá. Imagino el reencuentro soñado con mis amigos, que son mis hermanos, en alguna ciudad del mundo.

Hay muchas cosas que tal vez tengo guardadas bajo llave. Porque cuando tomé la decisión de volar del nido sabía que estaba sacrificando gran parte de mi tiempo y de mi vida. Por eso, de vez en cuando duele no poder llevarle flores a la tumba de mi abuela, o el hecho de que me haya convertido en un hombre adulto y mi madre no pudo ver parte de ese proceso. Es horrendo ver cómo todos hemos cambiado y cómo los años nos han distanciado, como si la migración para algunos hubiera sido una especie de exilio (que lo es).

¿Cómo sería un video de un reencuentro mío? ¿Quiénes me reconocerían después de diez años o más? ¿Brotarán lágrimas al ver mi viejo cuarto y, tal vez, dormir allí? ¿Sentiré una emoción gigante por tomar una cerveza en cualquier licorería o por ir al estadio? No lo sé. Pero eso es lo que estos videos de desconocidos provocan en mí: me ablandan y permiten que la nostalgia me invada el cuerpo por un rato.

Y no escribo esto como una queja, porque amo el presente, mi vida y mi casa.

Pero hay algo que va y viene, como un fantasma: esa sensación de que me fui de mi viejo hogar.









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